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lunes, 24 de diciembre de 2018

El DJ de 72 años que asombra al mundo

En alguna gasolinera recóndita de alguna carretera nacional, entre cassetes de Manolo Escobar, Las Grecas, Abba y Eugenio, a veces asomaba una cinta de El Greco, un humorista que se perdió en el olvido entre risas enlatadas. El Greco, que se desarrolló como cómico a la sombra de Arévalo, su amigo desde la adolescencia, sobrevivió con mil oficios además del de cuentachistes: como chico de los recados en un taller mecánico, en una fábrica de cinturones y hasta de escaparatista en Lanas Aragón, unos antiguos grandes almacenes.

Estos empleos le valieron para tener un tránsito moderadamente apacible a lo largo de su vida. Currela de día, crápula de noche. Pero, cumplidos los 60, descubrió que la pensión solo le daba para malvivir, así que decidió volver al tajo. Esta necesidad le convirtió en uno de los disc jockeys más mayores de toda España, pues, a punto de cumplir los 72 años, le pone música a las veladas del Pub Classic, en el centro de Valencia, todas las noches.

El Greco es la sensación en este garito con clientela formada por gente acomodada de más de 50 años. «He caído bien y no hay noche que no se me acerque alguien y, educadamente, empiece a explicarme si no me importa que... No les dejo terminar la frase. 'Tengo 71 años', atajo, que ya sé lo que me van a preguntar».

Lo fácil es imaginarse a un viejito poniendo vinilos de Los Bravos en un antiguo tocadiscos. Pero El Greco, impecable, de traje y corbata, tiene tres pantallas donde lo mismo selecciona un clásico, que 'Despacito', que lo último que ha escuchado y le ha cautivado. Y si sale a echar un pitillo y el jefe le dice que la música está un poco alta, saca el móvil y desde ahí regula el volumen sin necesidad de dar un paso. «Te tienes que poner al día o la tecnología te come. No hay otra. Yo tengo una cuenta de Spotify Premium, me compré un Mac Pro y cada día me transfiero una 'playlist' de canciones. Cuando llego al pub, enciendo mi ordenador y ya tengo toda la música lista».

Juan Manuel Ruiz (Melilla, 1947) es hijo de militar y ya hace unos cuantos años que dejó de empinar el codo. «Yo me he bebido el lago Ness, pero con monstruo y todo. Pero ya no tomo ni gota; ahora me cuido», explica con la voz grave de tanta nicotina. Empalma un cigarrillo con el siguiente, con su porte de galán, mientras se toma un café largo y repasa su vida a toda velocidad. «Fui al colegio, pero yo lo he aprendido todo en la calle. Mi universidad ha sido el asfalto. Yo sé todo lo que ha pasado en Valencia porque he estado. La 'ruta del bakalao' me la sabía de memoria antes de que se pusiera de moda: yo estuve en la inauguración de Barraca. Y conocía la sala Canal de cuando era un corral de vacas del cantante Vicente Ramírez... Mi padre me dijo que si no estudiaba me tenía que poner a trabajar, así que me puse a currar. Y por las noches hacía de presentador-showman en muchas salas de Valencia».

Disciplina castrense
En ese mundillo congenió con Jesús Saiz, un tipo con aspecto de galán de cine en blanco y negro que es todo un histórico de la noche valenciana. Este le cedió la cabina en el Classic, un reducto elegante para noctámbulos de pelo cano. Allí pincha, o como se llame lo que se hace ahora, hasta las tres y media de la noche. Luego coge el coche, se marcha a su casa en la playa y, a eso de las cinco, se echa a dormir. No mucho. Hasta las nueve y media. «Eso sí, luego me meto una siesta de dos horas o dos horas y media». Entre un sueño y otro baja a dar un paseo, hace la compra y ordena la casa. Es la disciplina castrense heredada de su padre. El resto del tiempo lo dedica a escuchar música para estar al día. «A mí lo que realmente me gusta es el funky, pero pongo de todo. Tengo buen oído para detectar lo que gusta. Cuando encuentro algo, como Club Des Belugas, lo presento por el micro, lo pongo y veo cómo todo el mundo se pone a bailar. No falla». Y cuando ve que la música remueve el local, estira el brazo y saca su cartel favorito: 'Temazo'.

El Greco no se ve mayor. «Soy más joven que mis hijos», bromea. «Ellos me preguntan que cuándo me voy a dedicar a jugar al dominó, y yo les digo que pueden esperar sentados: si dejas de trabajar, envejeces el doble de rápido. A mí me gusta lo que hago, y encima en la cabina se liga bastante... Aunque mis hijos me quieren llevar a un programa de citas de Carlos Sobera en la televisión. No sé yo...».

Fuente y texto: ideal.es

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